viernes, 3 de noviembre de 2017

LA PAZ QUE SE PERDIO
POR MANUELITA LIZARRAGA
“LA PRIMERA MISION DE NUESTRA SEÑORA DE LA PAZ...LA FUNDO EL PADRE JUAN DE UGARTE...EL PADRE JAIME BRAVO...SU MISIONERO”.
El Padre Juan María de Salvatierra desde su arribo a la península en 1697, no había incursionado por los dominios de los Guaycuras...pues estos tenían guerra abierta con los españoles desde los tiempos del Almirante Atondo y Antillón. Fue hasta el año de 1716 que hizo el intento de fundar la misión de Nuestra Señora de La Paz, llevando tres indios de la raza Guaycura, los que rescató de quienes lo habían apresados, con el fin de devolverlos para ver si así entraba en tratos con los reacios Guaycuras. Pero debido a un incidente en que fueron víctimas algunas mujeres por parte de los californios, debido a las hostilidades entre ellos, resultando inútil aquel intento, a lo que dijo el padre Salvatierra “Esta empresa la tiene destinada el señor para el apóstol”...esto es, para el padre Juan de Ugarte, a quién solía dar este título.
En las tranquilas y transparentes aguas de la Bahía de La Paz...aquel 4 de Noviembre de 1720...se mecía majestuoso el barco “EL TRIUNFO DE LA CRUZ”...construido en Mulegé con materiales de la región, por el industrioso padre Juan de Ugarte, junto con el esquife Santa Bárbara, y el que fue botado al agua el 14 de Septiembre de ese mismo año...la Balandra transportaba al apóstol Juan de Ugarte, al padre Bravo, soldados y algunos californios que iban a fundar la Misión de La Paz, con fondos piadosos aportados por el Márquez de Villa puente para la conversión de los Guaycuras. Entre palmeras, manglares y mezquitales, los naturales recelosos observaban aquel desembarco en el esquife Santa Bárbara. Los hombres de la Cruz y la Sotana, junto con sus acompañantes hollaron con sus plantas las blanquísimas arenas de la hermosísima bahía de La Paz, donde por milenios las olas barrían las huellas de los naturales de la tierra que habitaban en las orillas y serranías.
Aquel 04 de Noviembre de 1720, al desembarcar de El triunfo de La Cruz, los misioneros Ugarte y Bravo, además de sus acompañantes, escogieron el lugar apropiado. En una loma alta que domina las playas, a tiro de escopeta, corta de aguaje, y de suelo duro y llano, con una mesa muy espaciosa, se dio principio al desmonte, el cual estuvo terminado en cuatro días. Como había pasado ya una semana y no se había visto ni por casualidad un indio, se organizó una partida para ir en busca de ellos al oriente del paraje en una canoa. Ésta recorrió las costas exteriores de la bahía hacía Cerralvo, pues nada se consiguió, pues los californios estaban muy escamados desde el tiempo del Almirante Atondo y Antillón cuyos recuerdos estaban muy frescos...también recordaban el reciente atropello perpetuado en las jóvenes californias, por los indios de Loreto cuando fueron con el padre Salvatierra en 1716.
Los misioneros recorrieron la bahía de La Paz o su ensenada interior, lo cual hicieron en dos canoas; les parecieron una de las mayores de América quedando extasiados al contemplar las hermosas playas con varios esteros, carrizales y palmares. Hasta el 4 de Diciembre fueron avistadas cuatro canoas por el rumbo de la isla San José. Desembarcaron al llegar a puerto 18 hombres, algunas mujeres y cuatro muchachos, entre estos uno llamado Martín, ya conocido de los padres por haber vivido en Loreto, y quien seguro había impulsado a los demás a acercarse a la nueva fundación. Sin embargo estos naturales eran isleños y la misión estaba destinada a los de tierra firme.
Los recién llegados encontraron muchas novedades entre los españoles, pero lo que más atrajo su atención fue una cruz construida con troncos de palmera, y un lienzo que representaba la Virgen del Pilar. A petición del indio Martín fue bautizado un pequeño, vistiéndose uno de los padres con las ropas rituales, lo que causó gran asombro entre los visitantes a quienes se les dio de comer y fueron obsequiados con todo lo que pidieron: jarros, ollas, y otras cosas, hasta un gallo se llevaron. El día 6 llegó por tierra el padre Clemente Guillén quien por encargo del padre visitador había hecho el recorrido por tierra desde Ligui, para conocer la ruta y poder determinar la posibilidad de tránsito por allá, la cual realizó el padre Guillen en 26 días. Lo acompañaron tres soldados españoles, un sirviente y trece naturales.
La recua se componía de 18 animales. Esta exploración se hizo por primera vez de Loreto a La Paz. El día 13 como los indios no podían ser localizados se organizó una nueva búsqueda de ellos, esta vez por tierra a caballo. Salió el padre Bravo con un soldado, un sirviente y tres indios amigos; en esta ocasión no hubo mejor éxito que en las anteriores. Sólo encontraron rastros viejos de los nativos. Al día siguiente sólo se vieron unas humaredas hacía el sur, indicio seguro de que por ahí andaban los Guaycuras. Inmediatamente se mandó un grupo a caballo formado por un soldado, un sirviente, informado más tarde que más allá se habían visto unas humaredas y tropezados con 15 indios que al verlos se dieron a la fuga propiciando espantosos gritos, sin hacer caso del intérprete quién les aseguraba que no les harían daño.
El día 16 se tiraron los cordeles para trazar los cimientos de la primera casa de la misión de La Paz. Trabajaron como maestros los padres Ugarte y Guillen. Tal construcción tuvo doce varas de largo, cinco de ancho, y una de espesor. Los tres misioneros armados de azadones y palas empezaron a cavar las zanjas, ayudado de los indios loretanos que les acompañaban. Al estar escarbando encontraron un cascabel de hechura antiquísima, no explicándose cómo fue a dar allí. Aquel mismo día arribaron cuatro canoas de isleños de San José, venían acompañado del niño Martín y grande fue su sorpresa al ver los caballos que observaban con temor. Esa noche los isleños la pasaron en el puerto, pero se fueron a dormir al otro lado del canal al mogote, después de hacer sus juegos y luchas en las que participaron los propios españoles.
Al día siguiente llegaron más isleños en otra canoa, saludaron y pidieron permiso de pescar en la bahía. Regresaron por la tarde con buena pesca de la que obsequiaron a los misioneros. Luego, todos se quedaron a dormir al pie de la loma donde estaba empezada la misión de nuestra señora de La Paz. Tremendo susto se llevaron los naturales al escuchar ladrar una perra, la que luego amarraron los padres volviendo la calma. Al día siguiente se retiraron los californios tan contentos que prometieron volver con sus familias. El padre Bravo salió tras ellos el día 20 para ver si podría traerlos a la misión. Después de dos días de arduo camino, dieron con ellos y se apearon de las bestias el soldado Juan Díaz y el intérprete; rindieron sus armas y se le fueron acercando. Hizo igual con el padre Bravo, ordenando que se quedaran atrás los soldados y los indios amigos para evitar su choque. Cuando estuvieron cerca, gritó el intérprete que no tuviera miedo, que eran el padre y sus amigos, a lo que contestó el guaycura que sólo se acercara el misionero; pero al reconocer a Juan Díaz los indios hicieron exageradas manifestaciones de júbilo…
Tan grande era el gusto de los californios por ver a Juan Díaz, que el jefe obsequió al padre un bastón adornado, un pito que le servía como clarín de guerra, una toquilla ancha y bien labrada que llevaba en la cabeza y un pretal que llevaba puesto a manera de faja del que pendían gran cantidad de pezuñas de venado, conchas, caracolillos y frutillas de palmas, conjunto que hacían un ruido parecido al que hacen las cascabeles. Después que el capitán fue por las mujeres y muchachos del grupo y se los llevó a presentar al padre, pidió éste un guía para que los conduciera a la misión y el jefe de los naturales no dio uno, sino cuatro, prometiendo volver. Estos fueron los principios de la Misión de Nuestra Señora de La Paz, la que duró sólo 28 años según las crónicas. Los padres Jaime Bravo de 1720 a 1728, William Gordon de 1730 a 1734 y Segismundo Taraval en 1736 sirvieron como padres ministros residentes. La hostilidad de los indios de la región que culminó con una guerra general en septiembre de 1734, que obligó al padre Gordon a refugiarse en la Isla Espíritu Santo, imposibilitó el desarrollo de la misión y causó su abandono en 1735. En 1736 fue restablecida y su uso fue ocasional y las epidemias de 1742, 1744 y 1748 redujo la población indígena motivando su abandono permanente. Al paso de los años el edifico estuvo destinado para casa municipal, y luego vivió en ella, el primer poblador en La Paz, el soldado Juan Manuel Espinosa en 1811, quién estaba a cargo de brindar servicio a las embarcaciones que iban de paso. Así fueron los inicios de la parroquia de Nuestra Señora de La Paz. De la actual parroquia es otra historia.
…Y en las tranquilas aguas de la Bahía de La Paz. Se mecía majestuoso el barco “El Triunfo de la Santa Cruz… “
..Por el placer de escribir..Recordar..y compartir..


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